viernes, 27 de diciembre de 2013

Patadas de felicidad


En la vida es necesario aprender un poco de cada cosa, y si esa cosa te puede incluso salvar tu propia  vida y la de algún otro, no está de más. 
Mí pequeña hija Sofía Alejandra, ya roza los 6 años de existencia, tiene poco más de un mes que la inscribí en natación en la Hermandad Gallega.
Los miércoles y viernes, luego del colegio, tiene 45 minutos de clases de natación, que más allá de un deporte, que sí es bien aprendido, y no necesariamente para ser una campeona olímpica, le puede servir a ser mejor persona, y tener mayor seguridad integral en cualquier ámbito en que se desenvuelva en su vida futura. 
Esa es mi percepción e intención en primera instancia. El resto es ganar-ganar.
Los primeros minutos de clases transcurren en juegos de aclimatación y hacer ejercicios que consiste en tomar aire por la boca y realizar burbujitas dentro del agua, a las postre ese ejercicio formará parte de cómo se debe respirar en natación; es decir, tomar aire por la boca y luego expulsarlo por la nariz. Harto difícil para los párvulos que rondan esas edades de inocencias.
Luego hacen diferentes entrenamientos y uno de ellos, le llaman flechita. Parados, acostados y luego en el agua. Y, ya de manera formar hacen las patadas con la tablita. 
Este viene hacer el prólogo de un futuro nadador. Patadas y más patadas con la tablita, hasta que pasan a otro ejercicio complementario, pero siguen las patadas.
Las clases han transcurrido de manera intermitente, ya que las lluvias de la época no han permitido que las prácticas se realicen de manera regular. Aunque, la natación se práctica en el agua, por medidas de seguridad cuando el chaparrón es muy fuerte se suspende sin miramiento alguno.
Por estos días se cumple el 53 aniversarios de la fundación de la Hermandad Gallega en Venezuela, y entre los actos para la celebración  se realiza la Copa Galicia de Natación, que a su vez viene a ser la prueba reina de los eventos deportivos, ya que son muchos los atletas que practican esta disciplina en la sede de Maripérez, con resultados altamente favorables. Además, se invita a otros clubes para la magna cita acuática.
El entrenador de Sofía de manera unilateral, inscribió a mi pequeña en la prueba de 25 metros con tablita, luego me consultó y sopesé la opción de buscar excusas, entre otras cosas, porque ya ese fin de semana lo tenía altamente comprometido en otros menesteres con antelación.
Por afición y amante de todo lo que tenga que ver con deporte, y en este caso es mi hija la participante. No dudé en posponer el resto de los compromisos.
Los actos protocolares fueron convocados un día antes de las competencias oficiales, es decir el día viernes. Ese día a final de la tarde debía  buscar a unos parientes al aeropuerto, que luego viajarían al interior del país. Pensé, termino ésto, y raudo como un Red Bull  de la Fórmula1, salgo para Maiquetía.
La tarde caía implacablemente, a priori pensé que era un acto sencillo y corto. ¡Pues no! Fue todo lo contrario, se cantaron hasta cuatro himnos. Verbigracia el de Venezuela, el de la madre patria, Galicia y por último el del deporte. En fin, una cruzada. Luego elección de madrina, presentación de sanqueros, fuegos artificiales, palabras de reconocimientos y exhibición de nado sincronizado; apnea y rugby sub acuático. De verdad las demostraciones de estos últimos fueron magistrales.
La impaciencia y los mensajes no cesaban en llegar, unos de la mamá de mi hija para llevarla a casa, y los otros mensajes y llamadas eran para buscar a mis familiares al aeropuerto, y como dice una vieja canción de salsa muy conocida por allí, habían llegado en los años 1600, me esperaban con ansiedad y desdén.
Llegó el gran día, no me refiero al desembarco en Normandía, sino, a la primera competencia de natación de mi pequeña, la emoción y la ansiedad se apoderaban de mí. 
Dándole consejos y recomendaciones a mi delfín, de cómo tenía que patear, que estuviese pendiente del pito de salida, que no viera a los lados y no se entretuviera con sus rivales. Es decir que siempre pateara fuerte, sin parar hasta tocar la pared. So pena de ser descalificada. 
Para mí, aquello eran los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016 adelantado.
El cielo estaba totalmente nublado, la amenaza de lluvia era inminente, las nubes se mostraban con un cariz de saña e inquina, inevitable diluvio.
Repentinamente el cielo y las nubes cedieron espacio al sol, las caras de pesadumbre de los padres y asistentes al convite cambiaron inmediatamente.
Las competencias en los diferentes estilos daba inicio, la serie que le correspondía a mi hija ya estaba anunciada. Los padres de los demás chiquillos estaban exultantes, los rostros reflejaban emoción, correderas de última hora y los últimos consejos no se hacían esperar.
Llaman a los competidores a sus posiciones, veo a una niña casi con el mismo físico de mi hija, y dos varones. Los cuales detallé casi de manera instantánea, gracias a mi posición privilegiada, que gané a punta de empellones y malicia. 
El tamaño y el físico de los dos varones, a priori se podía observar que superaban a Sofía. Me molesté porque a mí juicio no hicieron una clasificación por edad, tamaño o género, era mucho el hándicap que otorgaba mí prole.
Luego de unos minutos de tensión y espera, observo que Sofía y un niño entre 8  y 9 años son los únicos que llaman a competir en esa serie. Los dos se colocaron en posición de partida, mí mirada y el teléfono preparado para grabar aquél momento histórico con un objetivo único: la competencia de Sofía.
Se dio la partida de la prueba de los 25 metros con tablitas. 
Sofía saltó a la piscina justo con el sonido del pito y pateó y pateó. 
Sacó ventaja desde el vamos a su rival físicamente más grande. Nunca dejó de patear a un ritmo arrollador, parecía a Forrest Gump, que corría y corría sin parar.
En medio de la grabación y cuando faltaban poco más de diez metros comencé a gritar su nombre dándole ánimo hasta desgañitarme, viendo que Sofía, iba adelante con ventaja sostenida y suficiente para asirse con su primer lugar en su debut en las piletas. 
La ristra de su competidor ya no entraba en el zoom de mí teléfono. En otras palabras, mí pequeña había triunfado.
Escuchar el nombre de mi hija por el anunciador oficial, como la ganadora de su serie, me erizó la piel y me sentía henchido de felicidad. Algunas plañideras cercanas a mi entorno, no se hicieron esperar.
Luego las fotos en el podio de mi pequeña recibiendo su medalla y conmigo en diferentes poses, no dudé inmediatamente en tuitearla y difundirla en las diferentes redes sociales.
Me sentía en aquél momento y sin temor a maniqueo de ninguna índole, el hombre más feliz del planeta...