De regreso de nuestro viaje relámpago a Nirgua, escasamente de hora y media de pernocta.
Era aproximadamente la una y media de la tarde, íbamos en la autopista que va entre Miranda y Bejuma, dos pueblos muy cercanos uno del otro. Del estado Carabobo.
El sol como es costumbre en esta época del año estaba en su máximo esplendor: brillante y picante.
No estaba manejando, esto me permitía estar más relajado, y disfrutando del paisaje. En algunos casos verdosos y en su mayoría agreste.
Sobre todo estaba pendiente con mi compañero de viaje de alertarlo, lo que a todas luces se parece a un récord Guiness, que seguramente estamos disputando. Me refiero al sinnúmero de huecos, grietas, troneras, zanjones y baches y bachecitos a lo largo y ancho de la vía, y ahora los reductores de velocidad o policías acostados, que proliferan en toda la zona.
Nuestra conversa se centraba en qué sitio nos íbamos a parar, a comer una buena carne en vara o algo parecido y, ya estaba todo decidido de manera unánime de acuerdo a lo planificado para evitar el dispendio.
Repentinamente mi amigo me comenta que la dirección de la camioneta la siente extraña. Nos orillamos a revisar. Él, conocedor y pergeñado de su auto, verificó y a simple vista, y sin ser un experto en mecánica, había una polea suelta y la correa dejó de cumplir su misión de engranaje.
Mi compañero, inmediatamente comenzó a llamar a su compañía de seguro, y con un tono atiplado, repite lo que le dice el operador ¡que la grúa más cercana se encuentra a 90 minutos del sitio! Nos vimos las caras de resignación.
Como conozco la vía, le digo que el pueblo más cercano se encuentra aproximadamente a 10 minutos, le sugiero que vaya y compre el repuesto, mientras llega la grúa.
El intenso calor estaba haciendo estrago y la lasitud nos arropaba. Sobre todo al notar el escenario que teniamos al frente.
Decidimos parar a un moto taxista de los que circulan por allí, y al primero que vemos. Que va en sentido contrario, le hacemos señas y se acerca a nosotros.
Un señor de nombre Luís Campos, campesino y humilde como el que más, la diferencia es que no anda a caballo, como en otrora, sino en moto.
De aproximadamente 60 años de edad, con su ropa manida, enjuto; de cabello rebelde y a priori de carácter agrio (no fue así).
De aproximadamente 60 años de edad, con su ropa manida, enjuto; de cabello rebelde y a priori de carácter agrio (no fue así).
Más de la mitad de la dentadura perdida y negra, imagino que por el inclemente paso del tiempo y los avatares de la vida, que en su caso no parece haberle favorecido.
Comenzó a revisar la camioneta de manera pueril. Mi compañero y yo, observando y asintiendo en el diagnostico.
Inicié ex profeso la conversa con el desconocido, y le pregunté varias cosas para entrar en confianza. Y, en la platica, me confirmó que éramos afortunado, debido a que nos accidentamos de día, porque de lo contrario en ese mismo sitio, bajo el amparo de la oscuridad atracan a los conductores accidentados y a los que no también, debido a los reductores de velocidad. El sempiterno problema de marca mayor que sufrimos todos.
Mientras, mi compañero insistía con su compañía de seguro y hurgando en su auto, en cómo solucionar el problema.
El señor Campos, saca de su bolsillo una cajita de chimó, y comienza a masticarlo con orgullo y frenesí. Algo muy común entre los pobladores de las zonas rurales, me dice que en su casa tiene algunas partes mecánica, que le sobraron de un trabajo. Y, que ya regresaba…
Mi compañero al ver que el señor se alejaba en su caballo de hierro, le cuento lo que hablamos y que iba a su casa a buscar piezas mecánicas, a ver cómo nos ayudaba.
Con cierta ironía y sarcasmo mi amigo me pregunta “y tu le creíste lo que dijo” le respondo que “sí” Luego repregunta “tú crees que vuelva” le respondo que “sí” nuevamente. Además, “el rostro y su mirada me trasmitieron confianza” asentí.
Pasaron como 15 minutos y el señor Campos, no sólo, había cumplido su palabra de regresar, sino, que además, nos trajo una polea que tenía en su casa, mi amigo al verla, afirmo “es ésta, es la misma pieza” y hasta una arandela adicional trajo de refuerzo.
La sonrisa y la esperanza regresaron vertiginosamente a nuestros rostros.
La reparación se realizó con cierto escollo y escarceo, por falta de la herramienta adecuada. Pero eso no fue impedimento para el humilde “Señor “Milagro” hasta se metió debajo del auto sin reparar en su ropa, y otros artificios. A los pocos minutos la polea y la correa, ya estaban cumpliendo con su función.
Le preguntamos que, qué quería, y ni siquiera dinero nos cobró, antes de irse le regalé una mallita de mandarina que había comprado kilómetros antes del incidente.
Nos despedimos y estrechamos nuestras manos grasientas y negras, con el señor Campos, sin entender, ni cómo, ni cuándo, ese señor que no creo que “haya caído del cielo” porque lo vi llegar en moto. Tenía la pieza exacta, que se había averiado y además, fue nuestro mecánico oficial.
Situaciones como éstas y, aun más. Personajes como el señor Campos. En nuestro país, no son escasos. Son escasísimos...
Esta situación me dejó entrever cierta enjundia, y pensé en el título de una de las obras más importante de Charles Dickens, “Grandes Esperanzas” algo en lo que se cree, pero no se ve. Y realmente cuando dejamos atrás a nuestro “Señor Milagro” sentí un alivio y grandes esperanzas…
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