Decidí cruzar el Atlántico, a visitar a mí hermano Eduin, que se había marchado del país hace casi dos lustro. Y también para aprovechar de hacer algunas compras con lo poco que llevaba de dólares. En la madre patria no se hablaba otra cosa. Sino, de la contratación del futbolista inglés David Bechkam, proveniente del Manchester United y el despido del entrenador Vicente del Bosque, por parte del patrón: Florentino Pérez.
Siempre he sido un fanático del fútbol como el que más, sin embargo, no reparaba y menos aún pensé que mi viaje iba a estar tan relacionado con el balompié.
Apenas dejé las maletas, fuimos a visitar un mercado popular, estilo las pulgas, en busca de gangas de objetos curiosos y valiosos. Dejé a mi hermano en el restaurant donde trabajaba y me enfilé a un café muy cerca de allí, lo que más me llamó la atención era la gran cantidad de monitores que atiborraban el local. Conté más de 30 de esos aparatos. Casi parecían el tapizado de las paredes.
Me senté en la barra y todos los monitores estaban sintonizando el mismo canal: El juego del Real Madrid. Aquello parecía una cadena.
Florentino Pérez, él polémico presidente de los merengues consiguió contratar a jugadores de la talla de: Figo, Ronaldo, Zidane, Roberto Carlos, esa oncena contaba además con Makelele, Casillas y con Raúl, la estrella española que brillaba con luz propia. Y, ahora David Beckham, en ese entonces y no lo digo yo, era el fichaje “más glamouroso del mundo por parte del club con más glamour”.
Sigo disfrutando del juego y el ambiente que allí se respiraba, y ya en las postrimerías del encuentro el francés, Zinedine Zidane con una gambeta que sólo los dioses lo saben hacer, se quita a dos rivales de encima y le entrega la esférica a Raúl, que sólo la empuja al fondo de la red, el local parecía un maremagno, todos saltan de emoción, no reparo en paroxismo y desafortunádamente mi cerveza va a parar de lleno en la camiseta de un tipo de origen austríaco que estaba sentado a mi lado.
A pesar de mi escaso inglés y él, con su precario español, rápidamente ya parecíamos amigos de toda la vida. El tema principal de conversación durante y después del cotejo fue 300% de fútbol, nos despedimos no sin antes intercambiar correos, que nunca conservaremos, ni utilizaremos.
Eduin, como buen hermano y guía quería mostrarme la ciudad y sus principales museos, el Prado, entre otros sitios de interés. Le sugerí que lo dejáramos para otra ocasión, ya que conocía varios de esos lugares y le comenté que visitáramos el Santiago Bernabeu.
Lo tomó con resignación y poco interés, logré convencerlo y en pocos minutos ya estábamos en el Paseo de la Castellana , en la llamada Casa Blanca de los merengues.
Caminando para ver como entrábamos o hacíamos el tour en el stadium. Vimos los carteles indicando que no era día de tour.
Un poco cabizbajo volteé mi mirada y escuché lo que unos tipos comentaban.
“La cola para las entradas se abre en 30 minutos”. “que bueno” respondió su compañero.
“Esta vez si le ganaremos a esos cabrones franceses” ripostó otro.
Tomaron hacia los costados de stadium y le dije a mi hermano Eduin ponte pila, vamos a seguirlos, para ver a dónde se dirigen.
De repente estábamos detrás de ellos en la cola, por cierto larga.
Cuando por fin llegamos a la taquilla pensé que era para comprar las entradas para conocer la imponente sede de los madrileños.
La chica muy amable me pregunta que cuántos ticket quiero y le respondo que dos, luego me señala en qué ubicación quiero los asientos y no le entiendo.
La chica muy amable me pregunta que cuántos ticket quiero y le respondo que dos, luego me señala en qué ubicación quiero los asientos y no le entiendo.
Las entradas que estaba vendiendo no eran para conocer las instalaciones del Santiago Bernabeu. Sino, para el encuentro que dos días después disputarían el Real Madrid y el Olimpique de Lyon. Por los octavos de final de la Champion League.
Inmediatamente asentí con sorpresa y alegría, y escogí los asientos que quería y adquirí las dos entradas, le respondí rápido, como que si eran los últimos tickets por vender. Para mi hermano era la primera vez que asistía a un juego de fútbol.
Nos fuimos y le comenté para bajarnos antes de llegar a la Gran Vía, muy cerca de su casa, para comprar algo de un encargo. De esos fastidiosos que nunca faltan.
Caminando poco a poco y disfrutando el entorno, repentinamente nos topamos con una aglomeración con ribetes de tumultos, como pude me acerqué y logré colocarme en ringside, o como decimos en criollo pate e mingo.
Pregunto que qué pasaba allí, y alguien vociferó sin seguridad alguna, “un actor famoso de Hollywood”, otro “la hija del Rey” y una chica casi sin aliento, delirando y a punto de desplomarse afirma “David Beckham y su familia están dentro de la tienda”. Por su actitud y expresión de su rostro, le creí de inmediato.
Pregunto que qué pasaba allí, y alguien vociferó sin seguridad alguna, “un actor famoso de Hollywood”, otro “la hija del Rey” y una chica casi sin aliento, delirando y a punto de desplomarse afirma “David Beckham y su familia están dentro de la tienda”. Por su actitud y expresión de su rostro, le creí de inmediato.
No supe más de mi hermano por unos minutos, sin embargo, me coloco del lado del copiloto de un AUDI, negro y lujoso aparcado en la entrada, y como expulsada de una discoteca en las Mercedes al amanecer, sale una chica delgada, pequeña; para mis gustos esperpenta, vestida de negro con lentes grandes y oscuros, se dirige a la puerta del auto que yo involuntariamente obstruía.
Estaba con mi cámara a tiro para tomar la instantánea del supuesto famoso del ámbito que sea y que allí, se encontraba, la chica en cuestión me pide permiso y a priori no le hago caso, para no perder mi posición privilegiada que había ganado a punta de empellones, para no decir coñazos y empujones, me repite con una voz muy suave y dulce en inglés “excuse me” y por fin caigo en cuenta y le doy un pequeño espacio. Admito que lo hice con desdén.
Estaba con mi cámara a tiro para tomar la instantánea del supuesto famoso del ámbito que sea y que allí, se encontraba, la chica en cuestión me pide permiso y a priori no le hago caso, para no perder mi posición privilegiada que había ganado a punta de empellones, para no decir coñazos y empujones, me repite con una voz muy suave y dulce en inglés “excuse me” y por fin caigo en cuenta y le doy un pequeño espacio. Admito que lo hice con desdén.
Era nada más y nada menos que Victoria Beckham, la famosa cantante, modelo y diseñadora de todo tipo de cosas, ex integrante del famoso grupo inglés las Spice Girls. Y, rápidamente entra al auto y sin proponermelo le ayudé a cerrar la puerta del copiloto.
Ella salió de la tienda con más pena que gloria, la aglomeración y todo el despelote que se había producido era esperando la salida de la contratación estrella del Real Madrid. David Beckham: Su esposo.
Salió con un gorro gris, y sus dos hijos, unos de los cuales lo llevaba en los brazos, se trataba de Brooklyn, el menor de la prole.
Tomé como pude dos o tres fotografías y el caos se apoderó de aquello, para mi sorpresa Beckham tomó el volante del auto y los empleados de la tienda Adidas, salían en bolandas a colocar las bolsas de lo adquirido. Sin embargo, el apuro del afamado jugador inglés por evitar el asedio pudo más y dejó parte de sus pertenencias atrás, a los pocos metros tuvo que frenar bruscamente para que colocaran las bolsas en la maleta.
Tomé como pude dos o tres fotografías y el caos se apoderó de aquello, para mi sorpresa Beckham tomó el volante del auto y los empleados de la tienda Adidas, salían en bolandas a colocar las bolsas de lo adquirido. Sin embargo, el apuro del afamado jugador inglés por evitar el asedio pudo más y dejó parte de sus pertenencias atrás, a los pocos metros tuvo que frenar bruscamente para que colocaran las bolsas en la maleta.
Dos días después y con casi 5 horas de antelación al encuentro, ya estaba en el Santiago Bernabeu, como Al Pacino, en El Padrino, pendiente de todo, no había detalle que no observara desde mi butaca, esperando ver y disfrutar de aquella pléyade de estrellas, que los medios y los hinchas bautizaron como los galácticos.
En realidad los resultados de los galácticos no siempre fueron los que hubieran deseado, pero la satisfacción de ver jugar a los grandes, y no sólo por los salarios que devengaban. Sino, por la calidad demostrada por esa generación de futbolistas, para mí es una alegría inmensa que guardaré el resto de mis días.
Nadie me quitará lo bailáo.
Nadie me quitará lo bailáo.



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