lunes, 23 de abril de 2012

No era el Chavo del Ocho

Por allí dicen que el miedo es libre, y la ignorancia, creo que también. Bueno así me pasó a mí. La primera vez que escuché su nombre, por allá a finales de 2004, cuando me mandaron a leer una novela para un trabajo de fin de curso en la universidad, llamada: Los Detectives Salvajes.
La novela la compré sin mucho interés y desdén. Sólo por cumplir con la encomienda académica, el nombre del autor: Roberto Bolaño, escritor chileno.
A priori, lo primero que se me vino a la memoria, era que se trataba del actor y creador del Chavo, el Chapulín y sus derivados. Craso error interno con mi inconsciente, afortunadamente, no lo comenté con nadie, ya que tenía mis dudas con relación al famoso mexicano de la serie de televisión. Y, sí  también era escritor reconocido, de esa envergadura y talante. Al poco rato (afortunadamente), me convencí que no debían ser los mismos. Así fue.
Comencé a leer Los Detectives Salvajes, y me enganchó desde el inicio, lo mejor que he leído en los últimos años y con mayor placer, por ser un escritor latinoamericano.
Ésta novela desde un principio se convirtió en un bestseller, y su autor de a poco fue cobrando notoriedad, hasta formar parte del boom latinoamericano de jóvenes escritores.
Comencé a indagar un poco más acerca de este escritor, un tanto criticado. Exiliado a causa de la dictadura de Pinochet, llegó muy joven a México, luego aterrizó en España y fijó residencia en Barcelona, pasó trabajo y penurias como el que más.
Escritor, cuentista, narrador y poeta indescifrable, como algunos lo catalogaron. De mediados de los noventa y principios de este siglo.
Los Detectives Salvajes, se hizo acreedor del Premio Herralde de Novela, y también el más importante de nuestros galardones literarios el Rómulo Gallegos, entre otros.
Su obra es vasta y variada, no se cansaba de escribir y según sus amigos más cercanos y editores, tenía entre sus metas escribir una novela por año, y lo hacía de una manera encomiable y tenaz. Debido entres otras cosas, a su precario estado económico y de salud.
Él, quería de alguna manera garantizarles la seguridad y estabilidad económica a su mujer e hijos. Y, se presentaba a cuánto concurso literario había, en busca de ganar algo para su sustento y poder subsistir.
Por ese entonces, me enteré. Que dejó una obra inconclusa, que llamó 2666, de verdad una novela ciclópea, vastísima. De mil y tantas páginas, que en primera instancia sería editada en cinco partes para ayudar a su familia. Y, como condición que fuera una por año.
Roberto Bolaños, sufría de una enfermedad hepática y estaba esperando un trasplante de hígado y ante la posibilidad de lo peor, dejó bien claras las instrucciones con relación a la novela 2666.
Roberto Bolaños, encargó para esos menesteres, a su amigo y a su editor Ignacio Echevarría y Jorge Herralde, la novela fue publicada en un sólo volumen, tal como él habría hecho de no haberse cumplido lo peor de sus predicciones que el proceso de su enfermedad ofrecía.
Bolaños, fue muy enfático en varias oportunidades, y poco antes de su intervención quirúrgica afirmó en consagrar “lo que me quede de vida a la que debía ser su obra cumbre 2666”  
Entró en lista de espera por un hígado desde el 2000, y debido a que su estado de salud empeoraba. Por fin consiguió un donante, y el 14 de julio de 2003. Ingresó al quirófano y no salió con vida, víctima de una insuficiencia hepática a la edad de 50 años.
 2666, se publica por primera vez póstumamente, más de un año después de la muerte de su autor. Él la dejó inconclusa, pero también declaró estar cerca del final.
Desde entonces, por alguna u otra razón cuando tenía dinero y estaba dispuesto a comprar la novela 2666, no había llegado al país, otros no la tenían y muchos libreros. Y no pocos, por cierto, ni siquiera habían oído hablar de esa obra. Eso me ocurrió en reiteradas oportunidades. Desde el año 2004, que supe de su existencia. La perseguí como a los más buscados del FBI.
Estando de viaje en Europa, entré en una librería inmensa. Pregunté por la novela, y sí, la tenían. Pero por cicatero y ahorrando por lo del cupo de dólares. ¡No la compré!
Hace poco paseando en el CCCT, entré a una librería y por casualidad pregunté por el Principito, para Sofía, y lo primero que vi en uno de los estantes: 2666, de Roberto Bolaño. No lo pensé dos veces. ¡Por fin me hice con la obra!
La comencé a leer, y al momento de escribir estas líneas, aún no la he terminado, voy poco a poco y disfrutándola, a cabalidad. Una historia fantástica y cautivadora desde el vamos.
No me arrepiento de haber esperado tanto, para tenerla en mis manos.

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