miércoles, 13 de julio de 2011

La Tecnologia y sus Caprichos

En múltiples momentos durante mi estadía en bachillerato sentí la sensación de que nunca iba a terminar aquel período de mi vida. No sabía con certeza a dónde me conduciría aquella locomotora que se desplazaba con desdén por todo el tortuoso camino y que por alguna razón que no comprendía, no estaba al tanto de su duración.
No obstante me mantuve  en aquellos menesteres, debido en gran medida al temor que me infundía mi padre, y de sólo pensar en ello, es decir en las pelas que se avecinaban, me causaban distintos malestares, especialmente los intestinales.
A duras penas pasaba el listón de los diez puntos, para mantenerme a flote y así continuar arreando el entuerto.
Sólo Educación física e Historia, colaboraban grandemente en mejorar aquel promedio escuálido y raquítico. Que no soportaba ningún atisbo  de  revisión.
Muchos goles y canastas de tres, combinado con un pequeño e insignificante talento para esos deportes y las consabidas rumbas. Hizo mi estadía en secundaria un tanto placentera y lo disfrutaba como el que más.
A medida que avanzaba y transcurrían los años en bachillerato, me fui dando cuenta de la importancia y la preocupación que embargaba a mi padre en aquellos momentos, por mi dejadez e indolencia. Aunado, a mi precario promedio de notas. De verdad no sabía el significado de llevar un buen average en las materias.
Todo esto a lo que no le presté importancia en su momento, llegó a su clímax, finalizando el quinto año, la mayoría de mis compañeros, comentaban airosos  sus calificaciones y promedios, los cuales ya se perfilaban para escoger entre las mejores universidades, orgullosamente repetían que si la Carabobo. Y, otros la Central, entre otras. Y  también las carreras más cotizadas si así fuere el caso.
En cambio mi desconcierto crecía y la esperanza se desmoronaba cual ex República Soviética, en tiempos de la Perestroika y, como predestinado por un oráculo, mi desdicha aumentó exponencialmente por no haber alcanzado tales lauros.
 Entonces decidí no asistir a la fiesta de graduación, alegando ciertos problemas, que ni yo mismo pude comprender. Si me preguntan hoy día, por aquella estúpida decisión, responderé, que la inmadurez es libre, y se apoderó hasta de mis sentimientos.
En los intersticios de aquel tiempo y combinados con una serie de amores insípidos y aún sin conocer mi destino, un día me fijé en un aviso publicitario en donde aparecía una manzana mordida en la parte superior derecha de la fruta, e inmediatamente pensé que había un error o de lo contrario fue hecho ex profeso.
Este logo es de una empresa que en aquel entonces patrocinaba una de las tantas fiestas que organizamos en busca de fondos para el ágape final. Jamás imaginé que aquel logo o mejor dicho esa marca, que luego descubrí que se llamaba Apple. Y, que vi de manera casual. Me ha perseguido y forma parte intrínseca de mi vida. A tal punto, que sin una de sus creaciones de hace pocos años y que bautizaron como iPod, me ha hecho la vida más llevadera exponencialmente desde el punto de vista musical.
Sobre todo en los viajes terrestres, especialmente en los de largo aliento donde muchas veces tuve que cargar con una montaña de discos, los llamados compactos, de los cuales sólo un porcentaje mínimo y siempre los mismos eran utilizados en las diferentes travesías con los amigos de siempre.
Hace pocos días, y mientras escuchaba música en el iPod, retomé la lectura que dejé hace años inconclusa de “El General en su laberinto”, del celebérrimo colombiano Gabriel García Márquez, y en esa obra pude constatar que el Libertador Simón Bolívar, escribió miles y miles de cartas, cuando estaba en plena facultades físicas y mentales. Sin embargo, en la postrimería de su vida, tenia a José Palacios, su servidor más antiguo y a una Pléyade de edecanes  que tomaban los dictados de las cartas hasta la madrugada, interrumpido, sólo por los ataques de tos del Libertador.
En una ocasión cuando todos sus ayudantes estaban cansados, sólo un “teniente de caballería de nombre Nicolás Mariano Paz, tomó el dictado hasta acabarse el papel  y continuó escribiendo en la pared. Tal fue el agradecimiento del Libertador, que le obsequió dos pistolas  que se utilizaban en aquellos tiempos para duelos de amor.”
De acuerdo al diccionario Grijalbo el término tecnología es:”conocimiento del uso de herramientas, máquinas y procedimientos en provecho de las necesidades humanas…”. Estos jugueticos y artificios productos de ésta era moderna, en las cuales muchas veces no hemos revisado el manual de usuario de manera aguda del último aparato obtenido, cuando ya ha salido una versión mejorada al anterior, y así, vamos acumulando manuales y diferentes periféricos relacionado con nuestra nueva adquisición, incluso llenamos gavetas de estos aparatos, cargadores, cables usb, rca, de videos, audio y otras cosas. Muchas veces sin saber a cuál de los equipos pertenecen.
Si nos extrapolamos estratégicamente 180 años atrás de modo que coincidan en la postrimería de 1830, cuando el Libertador Simón Bolívar, buscaba desesperadamente reunificar a la Gran Colombia.
Sin embargo, sus fuerzas físicas y mentales, no le eran favorables prácticamente todas sus esperanzas estaban cifradas en su delfín y el único capaz según propias palabras del Libertador, de continuar con su legado. Bastante mancillado y desprestigiado por aquel entonces.
Ese no era más que el Gran Mariscal  Antonio José de Sucre, quien fue asesinado en las montañas de Berrueco. Y, aquí terminó la ilusión de Bolívar de ver unificada gran parte de las naciones de este continente.
 Según los historiadores y además, citado en el libro de García Márquez, Bolívar le envió una carta a Sucre pidiéndole que no realizara ese fatídico viaje, la cual nunca llegó. (o como dijo el filósofo aquél y aquí: la cual aceptó)
 Me imagino cuántas cartas con decisiones importantes enviadas por el Libertador por ejemplo a Páez, Santander o al mismo Mariscal Sucre  quedaron abandonadas en las espesuras de nuestra geografía.
A veces me pregunto por esas travesías interminables y tortuosas que tenían que hacer estos señores para trasladarse de un sitio a otro. Miles y miles de kilómetros  recorrían a caballo; otros tantos en mula y en el mejor de los casos en carruaje.
Viajecitos de Caracas a Quito con una parada técnica en Bogota para revisar cuestiones relacionadas con las luchas intestinales que por ese entonces había por asirse con el control de la Gran Colombia. Y, aprovechar para comerse una carne en vara con los soldados. Estas travesías no eran  algo para débiles, flojos y menos aún para enfermos.
La tecnología por aquel entonces era casi inexistente, y lo poco que había nos llegaba de Europa. Pero en cuestiones de comunicaciones no se había avanzado nada, las cartas eran el medio por excelencia para dar a conocer lo que sucedía y estas iban en las diligencias o carretas, y dependían en muchos casos de la actitud responsable y eficiente del mensajero, en caso contrario se quedaban esperando por su destino.
Hoy día la tecnología nos lleva cabalgando en una ola de cambios casi imperceptibles.
Mientras escribo estas líneas estoy revisando en mi teléfono los mensajes de la nueva red social que ha irrumpido con fuerza en el mundo y de la cual ya formo parte, la denominaron Twitter. De donde han  surgido incluso verbos como twitear y retwitear. ¡Imagínense ustedes!
No creo que eso sea correcto, pero no tardará la Real Academia en aceptarlos, cediendo precisamente a los caprichos que genera la avalancha de tecnología.
Pareciera que mientras más seguidores  se tienen en twitter es sinónimo de popularidad. De verdad una herramienta nada despreciable para estar al tanto de lo que acontece en el mundo, en tiempo casi que real. Y, cada día se suman millones en el planeta. Veremos que se aparecerá dentro de poco en el horizonte tecnológico y en las llamadas redes sociales.






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